Monday, November 21, 2005

Verano indio en Downieville

Texto:Manuel Maqueda

Fotos: Manuel Maqueda y Michael A. Sotelo



Verano indio en Downieville


El verano indio es un curioso fenómeno meteorológico del norte de California que permite disfrutar, en pleno otoño y justo antes de Halloween, de los mejores días del año para la práctica del mountain bike.



Tras el verano, llegan las lluvias al norte de California. Las pistas se llenan de charcos, los caminos se convierten en arroyuelos y las raíces de los árboles parecen cucañas jabonadas que esperan, con paciencia asesina, el paso del ciclista de montaña para arrebatar la verticalidad de su bicicleta.


Sin embargo, a mediados de octubre, una dulce pero breve bonanza detiene el avance del otoño. Se trata del llamado verano indio, el cual seca los caminos y devuelve temporalmente la adherencia a las piedras y raíces. Los árboles, que nunca se dejan engañar por esta breve tregua climatológica, hacen caso omiso de las temperaturas estivales y continúan, impertérritos, su despliegue de colores otoñales. Rojos, amarillos, ocres y marrones invaden las faldas de las colinas y jaspean los caminos.




Para los ciclistas de montaña, el verano indio del norte de California es una estación soñada, tan fugaz como deliciosa, tan esperada como irreal. Los días cortos permiten que el rocío derrote al sol en su intento de convertir los senderos en las serpentinas polvorientas del estío pero, en ocasiones, hacen que el crepúsculo nos sorprenda sobre la bicicleta y haya que pedalear a oscuras de regreso a casa. Al entrar en el pueblo, las calabazas vaciadas ,convertidas en improvisadas lamparillas de Halloween, iluminan, con siniestro encanto, los porches de las casas en las vísperas de la fiesta pagana de los muertos.



Rumbo a Downieville


Downieville es un pueblecillo encantador, perdido en las montañas que separan California y Nevada. Un minúsculo enclave que a penas ha cambiado en los últimos 150 años. Los pintorescos edificios parecen sacados de una película del oeste y las calles normalmente registran más tráfico de peatones y mountain bikes que de coches.


Los bosques que rodean Downieville esconden algunos de los senderos más bellos y divertidos de toda California. Pedalear allí, en cualquier estación, es un privilegio. Hacerlo en esta época del año permite combinar el frescor, los olores y las tonalidades del otoño con la temperatura ideal que traen los vientos cálidos del Pacífico.



Yuba Expeditions es una pequeña empresa (todo en Downieville es pequeño) que ofrece venta, reparación y alquiler de bicicletas, así como un servicio que permite a los ciclistas ser llevados cómodamente en furgoneta hasta los collados de las montañas cercanas. Una vez allí, una red de formidables caminos permite regresar al pueblo sin apenas encontrar subidas. Aunque tengamos la gravedad a favor, se tarde entre una hora y media y dos horas y media en volver al punto de partida; eso sin contar paradas para hacer fotos o comer algo.


La Downieville Classic


La Downieville Classic es uno de los festivales más divertidos y peculiares de la costa oeste de los Estados Unidos. Pocas citas ciclistas se desarrollan en un marco más acogedor, simpático y bello. Una de las características de la Downieville Classic es permitir a los aficionados y corredores de medio pelo medir sus fuerzas con algunos de los pros más prestigiosos. Una de las pruebas más famosas es la Point-to-Point, que combina los circuitos de XC y de DH y en la cual los competidores está obligados a usar la misma bicicleta, lo cual añade interés y dificultad en ambas.



Uno de los senderos que quisimos tomar durante nuestra visita a Downieville es una variante del Butcher Ranch Trail denominada Third Divide (24 km, 1.450 m de desnivel). Esta ruta se convierte en el circuito de DH durante la Downieville Classic.



La Third Divide no nos decepcionó: no sólo es el circuito de DH más largo de EEUU, sino uno de los más bellos. Un pequeño incidente nos amargó el descenso cuando, en una pequeña trialera, un ciclista poco experimentado se quedó atascado, se cayó patas arriba y se las ingenió para incrustar su plato grande en mi espinilla mientras intentaba adelantarle.




El el pub de pueblo pudimos contar la historia y enseñar los puntos de sutura a los bikers allá congregados. Al día siguiente, mientras poníamos la bicicleta causante del accidente en la furgoneta, descubrimos que todavía había pelos y trozos de carne seca en los dientes del plato, lo cual provocó las risas y algarabía de todos los presentes.




Pauly Creek y la Second Divide


Un par de analgésicos y un buen vendaje me permitieron seguir montando y disfrutando del verano indio de Downieville. Pauly Creek ofrece uno de los recorridos más largos y bellos de la zona. En las zonas altas, largos pedregales, aderezados con rocas del tamaño de televisores, ponen a prueba nuestra pericia y la resistencia de nuestras suspensiones. A continuación, el recorrido baja abruptamente junto a un riacuhelo de montaña y se introduce en un grandioso bosque de secoyas, entre las cuales serpentea. Para regresar al pueblo elegimos las denominada Second Divide, una ruta muy bella pero también muy expuesta al abismo del cañón del Pauly Creek. Son trazadas preciosas, pero en las que un descuido puede pagarse con un accidente mortal. La clave es ir muy atento, pero no agarrotado y evitar mirar al vacío en las secciones técnicas.


La variedad de terrenos y la ausencia casi total de subidas permite disfrutar de Downieville con casi cualquier mountain bike. Dependiendo de los caminos que elijamos, una rígida de rally o una doble de XC nos permitirá ir como rayos en las secciones reviradas del bosque, mientras que una bici de free nos permitirá tirar por la calle del medio en los pedregales y saltarnos muchos obstáculos a la torera. La bici ideal es una enduro, ya que nos permitirá divertirnos de principio a fin.


Recordando a Juanita


Downieville, asentamiento fundado por buscadores de oro en el cañón del río Yuba, tiene su infausto lugar en los libros de historia como el escenario de la primera ejecución (en realidad linchamiento) de una mujer en California.



Juanita era una mujer mejicana, bajita y guapa,con tupida melena negra y ojos color azabache. Juanita llevaba una existencia discreta y humilde en este salvaje y remoto rincón de California junto a su marido José. En la noche del 4 de julio (fiesta de la independencia de Estados Unidos) del año 1851, un popular minero australiano llamado John Cannon se dedicó a recorrer Downieville borracho, golpeando en puertas y ventanas, insistiendo en que los vecinos saliesen de sus casas y le acompañasen al salón a beber. El destino quiso que John Cannon llamase a la puerta de la humilde casa de Juanita y José con tanta violencia que acabó destrozándola.

Al día siguiente, José visitó a Cannon para exigirle el pago o reparación de la puerta rota. Aquellos eran tiempos de odio y racismo hacia los mejicanos y la demanda de José fue considerada una insolencia inaceptable. Cannon superaba en 20 cm la estatura de José y le doblaba en peso y musculatura, por lo que no le fue difícil propinar una paliza al valiente mejicano. Juanita se interpuso y el canalla de Cannon le llamó ramera. En el enfrentamiento que siguió, Juanita tomó un cuchillo de cocina y apuñaló al australiano en el pecho, matándole en el acto.


Cuando la noticia se supo, una multitud encendida por sentimientos de odio y racismo intentó linchar a Juanita. Sólo la promesa de un juicio sumario en la plaza del pueblo consiguió aplacar temporalmente los ánimos. Durante esta pantomima de juicio, los pocos que tuvieron valor de testificar a favor de Juanita fueron arrojados del estrado y golpeados. El doctor Cyrus Aiken, médico del lugar, intentó intervenir para demostrar que Juanita estaba embarazada, pero la multitud se lo impidió, expulsándole además del pueblo.


Juanita y el niño que llevaba en su seno fueron ahorcados en el puente que cruza el río Yuba el 5 de julio de 1851.



Cuando cruzamos el puente, bajamos de nuestras bicicletas y, en silencio, recordamos a esta mujer, a su bebé, así como a todas las víctimas de la xenofobia, del nacionalismo excluyente y del racismo.


Las hojas rojas, amarillas y ocres pasan raudas bajo nuestra mirada, flotando sobre las limpias aguas del río Yuba, recordándonos que ha llegado el momento de volver a casa: el verano indio está próximo a su fin.

- Manuel Maqueda.

Información Práctica


Yuba Expeditions. www.yubaexpeditions.com

(Alquiler de bicicletas y servicio de remonte hasta los caminos).

Downieville Classic: www.downievilleclassic.com

Alojamiento: Historic Hwy49

Mapa de Senderos


(Haz Click para ampliar el mapa)

Mapa de satélite aquí


Agradecimientos:


Michael A. Sotelo. Por su paciencia con las fotos.

Henry O'Donnell, Yuba Expeditions / Syndicate Team. Gran piloto y excelente guía de esta zona.

Danny Ward, Santa Cruz Bicycles. Por ponernos en contacto con Henry.

Steven Anderson, P.A., Western Sierra Medical Clinic. Por coserme la pierna con tanto esmero.


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Tuesday, July 26, 2005

Bodie. Pedaleando entre Fantasmas

Texto: Manuel Maqueda
Fotos: Winnie Creason y Manuel Maqueda

Bodie. Pedaleando entre Fantasmas.

Jeremiah Brown llegó a Bodie en el verano de 1878 procedente de Carlson City. En aquellos días, la diligencia tardaba casi cuatro días en realizar este recorrido.



La aventura de Jeremiah Brown

Ocho meses antes, Jeremiah había desembarcado en San Francisco, dejando atrás años de duro trabajo en un barco ballenero. Con sus ahorros, compró pico, pala, cedazo, artesa, palangana y otros útiles propios del buscador de oro. En Battery Street, adquirió unas botas de cuero y unos recios pantalones con peto que un tal Levi Strauss elaboraba con lona de color azul.

Por las tardes, Jeremiah acudía a las tabernas de Embarcadero Street, el mejor lugar para enterarse de las noticias que llegaban de los yacimientos de oro de la Sierra Nevada de California. Un día, el azar quiso que entablase conversación con un sobrino de Silas Smith, el propietario del almacén general de un remoto pueblo recién fundado y llamado Bodie. Tras tomar unos vasos de burbon con su nuevo amigo, Jeremiah pudo averiguar que la Standard Mining Company estaba extrayendo cantidades prodigiosas de mineral áureo. Jeremiah sabía que la noticia correría como la pólvora y, sin dudarlo, agarró su hatillo y se puso camino de Bodie.



Efectivamente, en junio de 1878, al poco de llegar Jeremiah, estalló la fiebre del oro en Bodie. La población se duplicó en escasos meses y aquel remoto rincón del planeta apareció, de pronto, en los mapas. Las acciones de las minas pasaron de 50 céntimos a 50 dólares en las primeras 48 horas de cotización.

Jeremiah comprendió que sería más fácil enriquecerse en el comercio que en la mina y se puso a trabajar como empleado de Silas Smith. Por aquel almacén general pasaron muchos inventos modernos que intentaban captar la atención y el dinero de los nuevos ricos del pueblo. El prototipo de ducha que presentaron Gilson & Barber causó sensación. Pero lo que de verdad cautivó a Jeremiah fue un invento de dos ruedas llamado velocípedo.

La muerte de Jermiah Brown

Jeremiah Brown murió de un tiro por la espalda a manos del vil Washoe Pete en una de las muchas refriegas que plagaron la corta pero turbulenta historia de Bodie. Douglas Thomson, el herrero del pueblo y buen amigo del difunto Jeremiah, hizo un pequeño velocípedo de hierro forjado y lo colocó sobre su tumba.



Agotado el oro, el último habitante de Bodie desapareció en 1940. Gracias al prodigioso aislamiento natural de este pueblo, y a su declaración de monumento nacional, se ha podido conservar exactamente tal y cómo fue, completamente fosilizado en el tiempo.


En verano, las hordas de turistas avanzan sobre Bodie armados con sus videocámaras. Sin embargo, en invierno, las ventiscas dejan al pueblo incomunicado durante meses. En primavera, la carretera permanece cortada a los coches, pero con bicicletas de montaña se puede rodear fácilmente la cancela por una pista de tierra, lo que permite visitar Bodie en completa soledad, combinando mountain bike con un viaje fantástico en el tiempo.



Memorias de pastores vascos.

El pueblo fantasma de Bodie se encuentra ubicado en California, al este de la Sierra Nevada y al norte del imponente Mono Lake. Esta zona, remota y despoblada, es uno de esos rincones desconocidos pero bellísimos que esconde el oeste de Estados Unidos.



Si bien por esta región no abundan los senderos ideales para el mountain bike, existe una gran red de pistas forestales que permiten pedalear por lugares completamente salvajes.



Bridgeport es un pueblo encantador que ofrece una base ideal para excursiones al pueblo fantasma de Bodie y a las sierras circundantes. Las yermas serranías que rodean Bridgeport y Bodie están salpicadas de bosquecillos de abedul en cuyas cortezas encontramos antiguas inscripciones en español y eusquera. Buscarlas y descubrirlas es uno de los alicientes de las rutas en bici.



Estos grafitos fueron realizados por pastores vascos, quienes fueron traídos hasta aquí en la primera mitad del siglo XX por empresarios ovejeros de Nevada para que cuidasen de sus rebaños.

La mayoría de las inscripciones sólo contienen nombres y fechas, pero algunas contienen frases que hablan de la soledad de la vida del pastor o se quejan de los ataques de pumas y lobos.



La ganadería ovina sigue siendo muy importante en este lugar, pero los vascos o bien regresaron a España, o se afincaron en Carlson City y otros pueblos del sur de Nevada. Hoy en día, los pastores que cuidan de las ovejas son peruanos.

En velocípedo por Bodie.

Tras un pedaleo por pistas de montaña desiertas hemos llegado a Bodie en nuestras bicicletas de doble suspensión, biznietas lejanas de aquel velocípedo de hierro que conmocionara al pueblo y que hiciera volar la imaginación de Jeremiah Brown.



El pueblo fantasma duerme bajo una capa de nieve. Apenas algunas calles del centro se han despojado de su manto blanco. El barro y la nieve pastosa hacen imposible el pedaleo e invitan a sentarse al sol. El único sonido que escuchamos es el del viento.



Entramos en algunas casa y nos encontramos antiguas cocinas de carbón, camas desvencijadas, hasta algún viejo reloj con sus manos detenidas en una hora ya muy lejana. La escuela y las tiendas se conservan perfectamente. Pasear por Bodie es una experiencia realmente fantasmagórica.



La tumba de Jeremiah Brown yace en algún lugar, escondida por la nieve. Es inútil buscarla: su memoria se ha perdido, como la de tantos otros que vivieron en este pueblo, el cual, en su corta existencia, condensa y simboliza la de nuestra civilización.



En mi mochila llevo un pequeño velocípedo de latón que dejo abandonado en una esquina como ofrenda. También he traído una botella de rioja y un trozo de queso. Antes de dar media vuelta, derramo un poco de vino sobre el lugar donde, según la leyenda, Washoe Pete puso fin, de un balazo, a los sueños de Jeremiah Brown.

Texto:Manuel Maqueda
Fotos: Winnie Creason y Manuel Maqueda

Enlaces:

Bodie: Página oficial.
Bridgeport: alojamiento e informaciones útiles.
Grafitos de pastores vascos.
Libro "Speaking Through the Aspens" sobre los grafitos de pastores vascos.

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Tuesday, July 20, 2004

Death Valley: El Valle de la Muerte

Texto: Manuel Maqueda.
Fotos: Mark Drobac y Manuel Maqueda


DEATH VALLEY: El Valle de la Muerte

Al este de las Montañas Rocosas, no lejos de parques nacionales como Yosemite, Kings Canyon y Sequoya hay un rincón de EEUU olvidado de la mano de Dios. Un lugar de una belleza natural terrible donde el ser humano no ha podido más que hacerse un hueco precario y austero. Este el relato de un viaje en bicicleta de montaña por las peladas serranías, ramblas, cañones, médanos y lagos salados del Valle de la Muerte.


Lago Panamint. MD

Esta región desértica aloja el punto más bajo de Norteamérica (86 m bajo el nivel del mar), el cual, paradójicamente, se encuentra atalayado al oeste por la arista helada del formidable Monte Whitney , cuyos 4,418 metros de altitud le convierten en la cumbre más alta de los EEUU, excluyendo Alaska. Entre ambos puntos se disponen varias cadenas montañosas (Inyo, Panamint, Amargosa, Argus...), que añaden más desnivel y complejidad, si cabe, a una zona torturada por inverosímiles diferencias climáticas y altimétricas.

Temperaturas de 50ºC a la sombra no son raras en Death Valley., al igual que tampoco son raras las heladas y ventiscas las serranías circundantes. Pocas plantas y animales son capaces de sobrevivir en este ambiente. En las estepas situadas al oeste del valle abundan los pintorescos árboles de Joshua y las ontinas, arbustos que, secos y arrancados por el viento, ruedan perdidos por las llanuras. Minas abandonadas, lagos secos, yacimientos de bórax, manantiales ferruginosos, emanaciones sulfurosas y pueblos fantasma jalonan un paisaje que parece sacado de otro planeta.

¿Flores en el desierto?

Mi amigo Mark Drobac, veterano biker curtido en los senderos californianos, escuchó con perplejidad mi propuesta de equipar dos bicis de doble suspensión con transportines especiales, cargarlas con alforjas e ir a destrozarlas por esta perdida esquina del mundo, donde casi nadie hace mountain bike. “Me parece tan raro que tendré que aceptar”, fue su respuesta.

¿Y qué cosa hay más rara que la lluvia en el desierto? Precisamente un considerable aguacero nos recibió nada más llegar. La primera noche de acampada fue tensa, contemplando indolentes las goteras de nuestra tienda y esperando ser arrastrados en cualquier momento por alguna de las rarísimas pero implacables riadas que se producen en estas zonas.


Alabama Hills y Sierra Nevada de California. MD

El resultado de estas lluvias, sin embargo, fue el sutil pero inmediato verdeo de los arbustos, el brote de miles de plantitas, y la aparición de muchas de flores de todos los colores.

Los insectos también quisieron aprovechar el chubasco para realizar su cortísimo ciclo vital y no hacían demasiados reparos a la hora de alimentarse de los pocos seres de sangre caliente que por allí deambulábamos.

Un terreno exigente para hombre y máquina.

El terreno de Death Valley es, en su mayor parte, bastante hostil a la práctica del mountain bike, ya sea por la presencia de arena o grava, o por la existencia de enormes extensiones de pista ondulada (la llamada “uralita” o“tabla de lavar”) causada por el paso de vehículos todo terreno. Además, en recorridos largos hay que cargar con mucha agua, ya que escasean las fuentes potables. Por todo ello, no es de extrañar que muy pocos bikers se aventuren por esta zona.

Por si fuera poco, las diferencias de altitud y de clima son impresionantes. En ocasiones llegamos a descender 2,000 metros de cota en apenas dos horas, pasando de una temperatura cercana a cero grados hasta el calor abrasador del valle.

Sin embargo, la aventura merece la pena. Los paisajes lunares, enmarcados por enormes montañas, son bellísimos. La sensación de amplitud y desolación es fantástica. Pedalear por estos lugares es una experiencia única, así como una excelente manera de poner a prueba nuestra resistencia y la de nuestro material.


¿Marte? No, Death valley. MM

Mark, como gran atleta que es, sufrió impertérrito los rigores de las brutales ascensiones y del penoso pedalear por zonas de terreno blando. Sin embargo, se mostró un tanto melindroso frente a las incomodidades propias de la acampada, a pesar de la esterilla hinchable extra gruesa que se trajo a cuestas –lo cual le valió no pocas burlas por mi parte.

En los primeros días realizamos acampadas y recorridos autosuficientes con alforjas, así como alguna escapada sin peso por zonas más técnicas y remotas. A continuación, dedicamos varios días más a montar por las sierras circundantes, ya sin alforjas y con la ayuda de un vehículo de apoyo.

Por ramblas y cañones

Muchos de los recorridos clásicos de Death Valley siguen los cursos de ramblas y cañones. Titus Canyon es uno de los más gratificantes ya que, tras los rigores de una larga llanura expuesta al viento y de un considerable ascenso, nos aguarda un descenso de 20 km por un angosto cañón hasta la depresión de Stovepipe Wells. En el camino encontramos extraños petroglifos y los restos de Leadfield, un pueblo fantasma.


Pueblo Fantasma. MM

Las ramblas que ascienden desde Badwater Basin (80 m bajo el nivel del mar) hasta los montes Panamint (3,370 m de altitud) ofrecen quizás los recorridos más duros, ya que ascendemos en plato pequeño sobre una grava suelta y traicionera en la que abundan piedras del tamaño de naranjas. Muchas veces nos quedamos atascados, en equilibrio sobre la bici durante un eterno segundo, hasta que una pedalada mágica nos impulsa de nuevo hacia delante. El descenso, flotando y derrapando sobre grava, esquivando rocas y cruzando diagonalmente cárcavas y regueros, es bastante exigente física y técnicamente pero muy rápido y divertido.

Cargados como mulas.

Channing Hammond, responsable de Old Man Mountain en Santa Bárbara, realiza artesanalmente transportines compatibles con bicis dobles y frenos de disco. La ausencia de anclajes en el cuadro no es problema, ya que los transportines apoyan directamente sobre el eje con ayuda de un cierre rápido extra largo. Dos tirantes afianzan el conjunto a las vainas y horquilla; bien a los anclajes de los frenos V, si existen, o mediante abrazaderas -si el cuadro u horquilla son sólo para frenos de disco.

Nos intrigaba mucho ver cómo sobrevivirían los transportines que nos proporcionó Old Man Mountain a los interminables descensos y pedregales bajo el peso de las alforjas. Poco a poco fuimos bajando más rápido y nos fuimos atreviendo con terrenos más técnicos a pesar del peso. Lejos de ser cuidadosos, la verdad es que hicimos todo tipo de barbaridades, como si quisiéramos destrozarlos. Pero los transportines ni se movieron. Hubo que dar algún apriete a las abrazaderas, pero eso fue todo. La presencia de suspensiones y frenos de disco da así una nueva dimensión al ciclismo con alforjas y nos permite convertirnos en veloces bestias de carga.


Bien equipados: Transportines OMM, Fox X100 Terra Logic, Duopower y Santa Cruz Blur 2004. MM

Jugando a engañar a la tecnología

La válvula de inercia Terra Logic es un invento que supuestamente bloquea la suspensión delantera hasta que una fuerza procedente del suelo la activa. Una de las incógnitas de este viaje era el comportamiento de la horquilla Fox X100 Terra Logic en un terreno que alterna zonas de tierra dura y lisa como el asfalto con pedregales, trialeras y trampas de arena. ¿Sería capaz de activarse a tiempo la suspensión? Por si fuera poco, muchos de los kilómetros rodados serían con alforjas delanteras, lo que añadiría carga e inercia adicionales.

De nuevo mi escepticismo tuvo que rendirse a la eficacia de la tecnología. La X100 estaba dura como una piedra sobre terreno liso y, a la vez, era mantequilla sobre los obstáculos. Por más que lo intenté no pude engañar a la válvula de inercia, con o sin alforjas. En muy pocas ocasiones, cuando iba relativamente despacio sobre piedras pequeñas, noté ligeras transmisiones de energía al manillar, las cuales duraban sólo una fracción de segundo. Aparte de esta anécdota, la X100 se mereció un 10 en rendimiento: suave, progresiva, rígida, fiable... Las únicas pegas de esta horquilla son su altísimo precio, la ausencia de control de rebote lento y, en menor medida, su peso, ligeramente superior al de otras horquillas.

Made in Spain

Otro gadget que nos llevamos al desierto fue el sillín español Duopower, en lo que era su estreno en el single track americano. Este sillín de peculiar diseño va a estar ahora disponible en el mercado USA de la mano de Rieter. Su exotismo llamó mucho la atención de Mark y de cuantos bikers americanos lo vieron instalado en mi bici; todos querían probarlo. Ojalá se convierta en el nuevo sillín “cool” de EEUU.

En una nota aparte, también cabría mencionar que, escondido en mis alforjas, llevábamos un pequeño cargamento de chorizo ibérico - introducido en el país de contrabando- el cual fagocitábamos al final de cada jornada con verdadero deleite -a pesar de que las altas temperaturas se encargaron de irlo friendo lentamente en sus propios jugos. Para Mark era su primera experiencia con este manjar, al cual se aficionó rápidamente. Cuando se terminó el chorizo, Mark llegó a rebañar con los dedos y a chupar la grasilla roja que pringaba el envoltorio, lo cual le aseguré que le otorgaría muchos puntos cara a la obtención de una eventual nacionalidad española honoraria.


Explorar las minas abandonadas es un juego muy peligroso. MM

Peligrosas minas y pueblos fantasmas.

A finales del siglo XIX, un número de pueblos empezaron a surgir de la noche a la mañana en torno a minas de oro más o menos rentables. Carteles y pasquines demenciales, plagados de exageraciones, eran difundidos en las ciudades para atraer a incautos y buscavidas hasta el infierno de Death Valley. Típicamente, estos asentamientos tenían un ciclo vital que oscilaba entre seis meses y cinco años. Uno de los más tardíos, grandes y longevos (10 años) fue Skidoo, el cual llegó a contar con cárcel, almacén general, burdel y otras comodidades de la vida moderna.

Hoy Skidoo no es nada. Alguna bota perdida, una lata oxidada, los restos de un coche abandonado y lleno de balazos, son los únicos vestigios que encontramos, junto con las ruinas de los dos molinos donde se machacaba el mineral con enormes pistones de hierro. Los caminos que conectaban minas y molinos serían hoy senderos ideales para pedalear, sino fuera por las peligrosas simas que hay excavadas por todas partes. Las más grandes, de hasta 3 metros de diámetro y 50 de profundidad, han sido cubiertas con redes de cable de acero para evitar la caída de animales. Pero más vale no despistarse. Si bien las simas son verdaderas trampas mortales, en algunas de las bocaminas de la montaña se puede entrar a pie, incluso en bici, si se lleva iluminación. Huelga insistir, sin embargo, en los riesgos que esto conlleva, dado su estado de completo abandono y precario apuntalamiento.


Hace falta estar loco para cruzar las redes de cable que cubren las bocaminas abandonadas. MD

A la sombra de Mount Whitney

Como colofón a nuestro viaje por el Valle de la Muerte decidimos acudir al vecino Lone Pine, pintoresco pueblo desde el que parten las ascensiones a Mount Whitney (4,418 m) techo EEUU, excluyendo Alaska. Entre Lone Pine y las montañas se disponen las Alabama Hills, unas extrañas colinas cuyas caprichosas formaciones graníticas recuerdan a La Pedriza en Madrid o a Montserrat en Cataluña.

Los senderos de esta zona tienen el encanto añadido de las impresionantes vistas de las montañas nevadas, entre las que descuella el impresionante espolón rocoso de Mount Whitney. Paras mí, además, suponían le realización de un sueño: volver en bicicleta a las estribaciones de esta montaña que había ascendido a pie en dos ocasiones.


Por las Alabama Hills. Al fondo: Mount Whitney, 4.418 m. MD


Tras los pasos de John Wayne y Spieldberg

Las Alabama Hills han sido escenario del rodaje de numerosas películas, series y vídeos: El llanero Solitario, La conquista del Oeste, Start Trek V, Joshua Tree.. Es curioso pensar que estas humildes rocas han recibido visitas de personajes como John Wayne, Steven Spieldberg o Bono y que también han sido escenario de interesantes batallas, como la que libró Kevin Bacon contra los gusanos gigantes en Tremors.

Curiosidades aparte, la zona ofrece posibilidades que van desde hacer freeride por las peñas, recorrer los caminos que serpentean entre las formaciones o darse un hartón de ácido láctico ascendiendo por alguna de las pistas que trepan hasta los lagos alpinos y collados de las Rocosas.

Vuelta a casa

La última noche de acampada en las Alabama Hills fue fría y serena bajo una hermosa luna llena que hacía relucir las cumbres nevadas. Sólo los aullidos de los coyotes rompían el silencio de la noche.

Mark, como de costumbre, daba vueltas sobre su gruesa esterilla hinchable tratando en vano de encontrar la postura ideal. Yo por mi parte, completamente magullado y con dos costillas fisuradas tras una caída, yacía insensible al pedregoso suelo, y me evadía de mis dolores físicos contemplando como las nubes, iluminadas por la luna, cubrían y descubrían las estrellas a intervalos.

Amaneció al fin y, tras un abundante desayuno en un típico diner de Lone Pine, emprendimos el regreso. La música country de la radio del coche nos acompañaba mientras surcábamos millas y millas de desierto entre árboles de Joshua por una carretera perfectamente recta . Nadie hablaba, pero no hacían falta palabras. Sabíamos que la austeridad salvaje de estos paisajes nos acompañaría siempre.

Manuel Maqueda, para el Mundo de la Mountain Bike nº13

Death Valley National Park

Fotos Death Valley

Lone Pine & Eastern Sierra

Old Man Mountain

Alforjas.net (distribuidor de Old Man Mountain en España)

Fox Racing Shox

Duopower

Santa Cruz Bycicles

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